Cortesía del periódico Proceso Digital de Tegucigalpa Honduras.
A Arturo Sosa su madre le decía que tenía “hormigas en el trasero” porque nunca podía quedarse quieto. Con los años, aquella energía se convirtió en una vocación: explorar Honduras para registrar, a través de la fotografía, la riqueza natural y cultural del país. “La fotografía es como la medicina, el cirujano y el periodismo; la técnica hay que tenerla”, afirma Sosa, convencido de que el oficio exige disciplina y formación.
A sus 63 años, Sosa es más que un fotógrafo. Es explorador, escritor, editor de libros, documentalista, docente universitario y hombre de montaña. Nacido en San Pedro Sula, creció en un hogar donde la lectura y el aprendizaje del inglés eran pilares. Su pasión por la fotografía nació temprano, alimentada por las constantes fotos que su madre le tomaba.
Formación y primeros pasos.
Por decisión de su padre, Sosa estudió durante diez años en México, donde obtuvo el bachillerato en Humanidades, la licenciatura en Comunicaciones y una maestría en fotografía en el Tecnológico de Monterrey. Aunque inicialmente quiso estudiar Literatura, terminó en Comunicaciones tras descubrir que las matemáticas —ausentes en su bachillerato— le dificultaban la administración de empresas.
Al regresar a Honduras se instaló en Tegucigalpa y comenzó a trabajar en Televicentro, llamado por don Rafael Ferrari tras conocer su formación en México. En canal 5 y luego en 7/4, produjo programas como Cante los Niños, Campeonísimos, Miss Honduras y festivales de la canción. Fueron cuatro años intensos en una época sin directores ni equipos técnicos suficientes, donde la improvisación era parte del día a día.
La fotografía comercial y el aprendizaje técnico.
Tras su paso por la televisión, Sosa decidió dedicarse a la fotografía comercial, un campo más rentable en ese momento. “Hice fotografías de clavos, jabones de barra… mi primer trípode profesional era de segunda de Comayagüela y dormí con él tres días”, recuerda. En Tegucigalpa apenas había cuatro fotógrafos comerciales, y los primos Marcial y Cornelio Sevilla fueron claves para su formación técnica.
Su trabajo ganó notoriedad y manejó cuentas de empresas de alcance internacional. Competía con Max Hernández, a quien reconoce como “un extraordinario fotógrafo”. Paralelamente, ejerció como docente en Unitec durante 20 años y fundó la carrera de Comunicaciones, diseñando el plan de estudios y contratando profesores.
El giro hacia la fotografía documental.
Su carrera dio un giro cuando el Instituto Hondureño de Turismo lo contactó para un proyecto de moda de verano para las revistas GQ y Cosmopolitan de Italia. Sosa envió fotografías de mujeres lencas de Yamaranguila —trabajo realizado junto al escritor Rubén Berríos para un libro de la Unesco— y la editora quedó impactada: “Nunca había visto tantos colores en un solo vestido”, le respondió.
El fotógrafo oficial del proyecto no soportó el calor de La Ceiba, Roatán y Copán, y las modelos comenzaron a pedirle a Sosa que las fotografiara. Trece de sus imágenes fueron publicadas en Cosmopolitan Italia, un punto de inflexión en su carrera.
Posteriormente viajó a México para estudiar una maestría técnica con Kodak, donde aprendió matemáticas, química y física aplicadas a la fotografía. “La técnica la van a tener pegada en la piel”, les decían en el curso.
La bancarrota y el nacimiento de un libro.
El huracán Mitch marcó su peor momento profesional. La falta de trabajo lo llevó a cerrar su estudio. “Solo miraba muertes y destrucción, y no tenía el temple para tomar este tipo de fotos”, confiesa.
En ese contexto nació su primer libro. Con un préstamo de 15 mil lempiras —de los cuales solo usó 1,000— viajó 15 días a la zona sur para fotografiar aves con un lente de 600 mm prestado. “Por 15 días me dediqué a fotografiar todo lo que volara”, recuerda. De ese trabajo surgió Aves del Manglar, un libro que ya suma seis ediciones y ha sido presentado en ciudades como York, Chicago, Boston y Roma. Su publicación impulsó el interés turístico en Honduras como destino para la observación de aves.
Un país por descubrir.
Desde entonces, Sosa se ha dedicado a documentar la naturaleza, fauna, flora y patrimonio cultural del país. Ha registrado la segunda mariposa más ancha del mundo, el escarabajo rinoceronte —uno de los más grandes del planeta— y ha participado en excavaciones en Copán, la ciudad más artística de la civilización Maya, según afirma.
Actualmente trabaja en proyectos para embajadas e instituciones nacionales e internacionales, explorando Copán Ruinas, La Mosquitia y Sierra de Botaderos. Lamenta que en Honduras “no se enseña a amar la naturaleza” y que muchos hondureños nunca han visitado Copán o La Tigra.
Su consejo para las nuevas generaciones es claro: exponerse, viajar, leer, ver otras culturas. “Hay que abrirse, ver otras formas de vida… y uno será mejor fotógrafo, escritor, periodista o lo que uno quiera”, recomendó.




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