viernes, 14 de agosto de 2026

SAN JUANCITO Y EL NUEVO ROSARIO: SETENTA Y DOS AÑOS DE ABANDONO.

Por Oscar Flores del periódico Proceso Digital de Tegucigalpa Honduras. 


Después de vaciar las minas de oro y plata, la Rosario Mining Company agarró sus cosas y se marchó a El Mochito, Santa Bárbara. Eso fue hace setenta y dos años y, desde entonces, las aldeas de San Juancito, El Nuevo Rosario y La Guacamaya quedaron atrapadas en el olvido.
De 1879 a 1954, la compañía «gringa» tuvo toda clase de facilidades para operar sin temor a pérdidas: exoneración total del pago de impuestos sobre maquinaria, equipo, herramientas y la exportación del oro y la plata producidos.
La primera concesión se la otorgó Marco Aurelio Soto, el gobernante que tomó la decisión de trasladar la capital de Comayagua a Tegucigalpa.
A pesar de las reformas que él y Ramón Rosa impulsaron, como la modernización del Estado (códigos civiles, penales, de comercio y leyes administrativas), la reestructuración del sistema educativo (público, gratuito y laico), la construcción de caminos, puentes, edificios públicos, oficinas gubernamentales y el mejoramiento del sistema telegráfico y de correos; la promoción del arte y la cultura (la estadística nacional, los estudios geográficos, la cartografía, las ciencias naturales y la publicación de libros y periódicos), y la implementación de un período de paz que le permitió a Honduras avanzar.
Pero Soto también era propietario de la mina de El Rosario, accionista de la compañía que la explotó (Rosario Mining Company) y presidente de Honduras. Había un conflicto de intereses, pero, como decimos por acá, «se despatarró». Con descaro. Sin pena. Soto y sus socios, entre ellos el estadounidense Washington Valentine, antepasado del expresidente Rafael Leonardo Callejas Romero, se hicieron millonarios.
A partir de 1954, las antiguas aldeas mineras, rodeadas por la neblina y la nostalgia, cayeron en manos de los fantasmas de la tristeza y la abulia.
En la escuela Marco Aurelio Soto (así se llama la escuela de San Juancito, oh, ironías de la vida), dio clases mi abuela Sarita. Fue ella quien me contó historias de aparecidos y de cantinas llenas de dinero y de aguardiente.
Aunque San Juancito, El Nuevo Rosario y La Guacamaya están ubicadas a los pies de la montaña de La Tigra, con un potencial turístico único y una riqueza histórica (la primera embajada de Estados Unidos en Centroamérica, la primera planta generadora de energía eléctrica y la primera embotelladora de refrescos en Honduras), que ya quisieran poseer otros pueblos, continúan lejos de la mirada de quienes gobiernan.
Allá nunca han llegado presidentes, diputados ni alcaldes. Tampoco empresarios. Si acaso, algunos turistas que ven las cosas con los ojos del espíritu.
Un paraíso
Sin embargo, en años recientes comenzó un movimiento cultural encabezado por artistas y maestros, como la escultora Regina Aguilar (madre de Juan Diego Zelaya) y el dramaturgo Rafael Murillo Selva.
“Ni Suiza posee las montañas de este lugar”, me ha dicho en reiteradas ocasiones el Maestro Murillo Selva.
Las tres aldeas conservan una rica tradición oral, mientras que profesores como Óscar Osorio y Bayron Cerrato, del colegio de secundaria del barrio Carboneras, realizan talleres de pintura, danza folclórica, música, teatro y títeres. Falta mucho, por supuesto, pero el pueblo tiene el deseo.
¿Qué se necesita? Que el Gobierno y la alcaldía impulsen proyectos de generación de empleo (café, turismo, medioambiente, por mencionar solo algunos), carreteros —el trayecto entre San Juancito y El Rosario, por ejemplo, es una deuda histórica con sus habitantes—, y promuevan inversiones en vivienda y salud. Es el lugar ideal para construir el Museo de la Minería. Por increíble que parezca, Honduras es un país históricamente minero… pero sin un museo de minería.
¿Se imaginan un canopy o un teleférico?
La atención en salud es precaria (urge mejorar la cobertura del centro de salud). El desarrollo turístico es casi nulo, a pesar de los paisajes hermosos, el clima, la frescura del oxígeno y la paz y tranquilidad que se respiran.
Un viaje en mototaxi de veinticinco minutos de San Juancito a El Rosario vale 300 lempiras. Puede solicitar los servicios de Josué Sosa, Ángel, Luis o cualquiera de los demás conductores.
Bocaminas, vegetación, ruinas de la compañía minera, la vieja piscina en la que se bañaban los «gringos», cabañas de alquiler… ¡Es un paraíso!
En San Juancito también puede tomar buen café o caminar sin temor a ser asaltado. Se come bien y a buen precio. Para mí, Luna Bar y Restaurante, de mi amiga Josselyn Zelaya, es parada obligatoria.
Las tres aldeas que he mencionado cuentan con un grupo de docentes de gran calidad. Es admirable ver su dedicación y creatividad. La directora de la escuela unidocente de El Rosario, profesora Idalia Mendoza, viaja diariamente en motocicleta desde Cantarranas hasta la montaña para darles clases a diecisiete niños distribuidos entre primero y sexto grado.
¿Se les ocurre un mayor acto de amor por la enseñanza que el de la profesora Idalia? A mí no.
Hace dos llegaron tres funcionarios de la Gerencia de Aldeas de la Alcaldía de Tegucigalpa —San Juancito, La Guacamaya y El Nuevo Rosario pertenecen al Distrito Central—. Fue una reunión franca en la que los visitantes escucharon con atención a los habitantes de los antiguos enclaves mineros. Prometieron regresar. Les tomamos la palabra.
Por cierto… ¿No sería bonito que convirtieran a San Juancito en municipio? Solo hay que realizar algunos ajustes legales y listo.
El potencial de la zona es enorme. El corazón de su gente es gigantesco. Ojalá que no llegue el 2054 y, en lugar de celebrar el centenario del cierre de la Rosario Mining Company, se conmemore un siglo de abandono e indiferencia gubernamental y municipal. Estoy seguro de que, si hubiera un alto número de votantes, los políticos asomarían sus rostros todos los días de Dios. ¿No creen?

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